Escuchar con el corazón

Escuchar con el corazón Ipsimed

Escuchar con el corazón

Recuerdo una función de Tennessee Williams titulada: ‘Háblame como la lluvia y déjame escuchar’. Qué maravilloso título, muy sugerente. Dejarnos escuchar, permitirnos escuchar, nada más. Así de sencillo. Aunque pocas veces lo hacemos con el corazón.

Qué difícil es esto, simplemente escuchar. Enseguida queremos responder, hablar, contar lo nuestro, interrumpir… ayudar, dar consejos, sanar el dolor de quien habla ya mismo. Nos entra el miedo a la locura, -por Dios, que no se desborde-, -que no me monte un espectáculo aquí que me conocen-..

Hace poco explicaba a mis alumnos de teatro que escuchar al compañero de escena es, en realidad, la clave para que una improvisación funcione. Se quedan un poco extrañados: -Ah, o sea que es así de fácil. ¿Quedarse sin hacer nada? Es que tengo que hacer algo para no sentirme fatal, tengo que decir algo, cualquier cosa, no quedarme en silencio como un tonto-.

El público, generalmente, a quien observa es al personaje que permanece callado, el que recibe el mensaje, el que va a reaccionar de forma inesperada a ese texto. Ese impacto va a suponer una serie de emociones que van a interesar mucho más al espectador que las mismas palabras. Escuchar es la esencia para el actor, ahí está el secreto. Es el alimento para dejar nacer su reacción posterior, lo que le lleva a decir su texto con realismo y verdad (a lo que llamamos organicidad) .

Esa presencia en silencio, estando ahí con todos los sentidos pero sin presión por hacer ni decir nada, es muchas veces lo que necesitamos.

Cuando llegamos a casa y contamos lo que nos ha pasado en el trabajo, cuando le comentamos a un amigo o familiar como nos van las cosas, o cuando un hijo cuenta a sus padres como ha ido un examen o una primera cita… nos sirve la mera presencia y la escucha con el corazón.

Dar consejos es una tentación muy grande, buscar soluciones para ese problema a veces irresoluble y, lo peor de todo, sentirnos culpables y responsables del problema del otro. Entonces, no escuchamos al otro, sino que creemos escuchar que no le estamos ayudando, o nos estamos dando por aludidos, cuando el tema no tiene nada que ver con nosotros. Aquí aparece nuestro ego, el gran enemigo de la escucha, que impide estar ahí con el otro, olvidándonos un poco de nosotros mismos.

Si bien es cierto que a veces también nos cuesta mucho sentirnos escuchados y expresarnos con el corazón, compartir nuestros sentimientos por miedo a no ser escuchados de forma incondicional, dando por hecho que no lo vamos a ser nunca, ya que no lo hemos sido antes. Así que también hay que abrirse, atreverse y confiar en que vamos a ser acogidos.

Hay muchos tipos de escucha: la ‘persona que tiene respuesta para todo’ y está pensando en lo que que va a contestar en lugar de escuchar; el ‘analista’ que le gusta saber como funciona todo; el ‘educador’ que quiere ser reconocido como juicioso y quedar por encima; el ‘consejero’ que está demasiado preocupado por ayudar; el ‘egocéntrico’ que te cuenta cuando a él le pasó algo parecido, etc.

Escuchar no consiste en no hacer nada. Todo lo contrario, es hacer todo, es hacer lo más importante: acompañar, respetar, darle al otro su lugar, su espacio, estar ahí, que es lo que a veces más necesitamos. Que nos demuestren que, a pesar de todo, de forma totalmente incondicional, nos aceptan al 100% de nuestra persona.

Isabel Pintor

Isabel Pintor
Isabel Pintor
isabel.pintor@ipsimed.com

Psicóloga Psicoterapeuta en Ipsimed, Integración Psicomédica. Ver perfil

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